
Esas fueron las palabras que pronuncié en la primera videollamada con la familia irlandesa para la que iba a trabajar de Au pair. En aquel entonces, tenía las ideas bastante claras, o eso creía, porque todo parecía muy estructurado.
Al terminar la carrera de Magisterio, pensé: “¿Por qué no me voy a Irlanda para mejorar mi inglés? Así podría optar a una certificación de nivel superior y conseguir más puntos para las oposiciones”. Además, tenía en mente trabajar en la bolsa pública de empleo; cada dos años llamaban a los profesores desempleados para trabajar durante un curso escolar.
La última noche, antes de partir hacia Kilkenny (un condado de Irlanda), fui con mis tíos a tomar unas tapas y un par de cervezas. Había oído que la gastronomía irlandesa no era la mejor, así que quería aprovechar esos últimos bocados españoles. Esa noche, al llegar a casa, me tumbé en el sofá y no paraba de darle vueltas a mi plan: ir a Irlanda seis meses, mejorar el inglés, volver a España, trabajar en el plan de empleo y, por último, preparar las oposiciones de primaria. Creo que más que mi plan, era el que seguían casi todos los estudiantes de Magisterio al terminar la carrera.
Después de una agradable charla con una abuelita irlandesa en el avión, aterricé en el aeropuerto de Dublín: las ganas me podían, todo me fascinaba. En la zona de llegadas me esperaba Paul, el padre de los niños que iba a cuidar. Nos saludamos y emprendimos el viaje a Kilkenny. La hora y media en coche fue bastante agradable: logré mantener una conversación totalmente en inglés (¡como pude!) y, además, descubrí por qué a Irlanda se la conoce como la Isla Esmeralda: todo lo que veía por la ventanilla era de un verde intenso.
Al llegar a la casa, conocí a Deirdre, la madre de los niños, y a Jamie y Lucas. La familia acababa de mudarse de Alemania a Kilkenny, así que había cajas por todas partes, pero aun así me sentí en un ambiente acogedor desde el primer minuto. No sé bien el motivo, pero me sentí uno más, como si esa casa ya fuera mi hogar. Esa noche mi inglés me jugó la primera mala pasada: Paul me enseñaba todas las habitaciones, y de repente se paró delante del baño y me dijo algo. Yo pensé que iba a mostrarme el baño, pero en realidad me estaba diciendo: “I need to go to the toilet”.
Los días pasaban y yo me sentía cada vez más a gusto. Una mañana, incluso, hice el esfuerzo de buscar algo que me preocupara o incomodara… pero fue imposible: era plenamente feliz, una sensación indescriptible. Poco a poco fui descubriendo más lugares de Irlanda, haciendo nuevos amigos y enfrentándome a más situaciones en inglés. Después de la aventura de cortarme el pelo, llegó la de apuntarme al gimnasio. Aquí tengo que reconocer que Deirdre vino conmigo y me ayudó. Para mi sorpresa, exigían una permanencia de varios meses y a mí sólo me quedaba uno con la familia. En ese momento miré a Deirdre y le dije: “Soy feliz aquí y me gustaría quedarme más tiempo”. Ella no dudó ni un segundo: también querían que me quedara. Fue entonces cuando ese plan tan estructurado con el que había llegado a Irlanda se derrumbó como un castillo de naipes.
Al año y poco de estar con la familia, decidí mudarme a Dublín para progresar en mi carrera profesional. Desde el primer día en la ciudad me vi rodeado de oportunidades para crecer, no sólo como profesional sino también como persona. Experiencias no me han faltado, pero lo que más valoro es la liberación mental de no tener que preocuparme por el trabajo, por el título o por qué va a ser de mi vida. A día de hoy, siempre me despierto pensando en cómo me va a sorprender el país y qué nueva aventura estará a la vuelta de la esquina.
“Sólo serán seis meses», “¿para qué quiero inglés si no voy a enseñar en otro país?”, “enseñar español no me gusta”, “Nueva York está sobrevalorado”… Estas son algunas de las cosas que mi yo del pasado solía decir. Sin embargo, mi yo del presente lleva viviendo en Irlanda 9 años, trabaja como profesor de Español en dos colegios de primaria de Dublín, adora su trabajo y, por azares del destino, acabó trabajando un verano en Nueva York, donde vivió una experiencia increíble.
Estoy muy agradecido con mi yo del pasado por haber tomado la decisión de venir a este maravilloso país. Me ha cambiado la vida y la visión que tengo del mundo. Si estás dudando sobre si empezar tu propia aventura, te aseguro que será la mejor decisión que puedas tomar. Y en el futuro, cuando mires atrás, te sentirás satisfecho y feliz.
