Aterricé en Irlanda sin plan, sin inglés y con muchas dudas. Huía de una España que me cerraba puertas como maestro, buscando una oportunidad que no sabía si iba a llegar. y ahogado en eternas extra-escolares y campamentos de verano. Cansado del bucle en el que me hallaba, decidí irme a Dublín. Todo lo que obtenía a mi alrededor previo al viaje, eran feedbacks negativos…que si llueve mucho, que si hace mucho frío, que es muy caro, que como en España no se vive en ningún lado…sin embargo, lo que encontré fue mucho más de lo que imaginaba.
Empecé trabajando en una childcare, sin entender apenas lo que me decían ni mis compañeros ni los niños, aprendiendo a base de intuición, gestos y paciencia. Al mismo tiempo, compaginaba mi día a día con el entrenamiento de un equipo de fútbol en Clontarf, junto a Darren, un taxista que llevaba en su coche a su hijo y a varios chavales más. Los niños me miraban al principio como si fuera de otro planeta, porque no hablaba su idioma. Pero los entrenamientos, con el tiempo, se volvieron increíbles.
Fue un año y medio de retos, aprendizaje y superación. De no entender nada, a formar parte de una comunidad. De empezar desde cero, a construir una vida nueva con esfuerzo, humildad y mucha humanidad.
Irlanda me dio mucho más que un trabajo: me transformó por dentro y por fuera.
